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La transmisión de la vida
Por: Eduardo Briones Medrano

El matrimonio es la alianza íntima de la vida y del amor en un hombre y una mujer. Es la institución que ampara y defiende el amor conyugal confirmando, protegiendo y sancionándole ante Dios y el hombre.

Es un sacramento que afirma a los esposos para el amor y la acción de dar la vida.

La familia es una comunidad de vida, trabajo, preocupaciones y necesidades, en donde se ejercita la obediencia, el sentido de responsabilidad, la comprensión, el amor y la ayuda mutua. 

          Esta comunidad constituye una unidad humana y sacramental. Pues el ejercicio de la sexualidad matrimonial es una actividad personal que integra la dimensión biológica, afectiva y espiritual. No solo instintiva y placentera, sino también, consciente y responsable.

          El matrimonio y el amor conyugal están ordenados por su propia naturaleza a la procreación de los hijos que, sin duda alguna, son el don más maravilloso del matrimonio, y contribuyen sobremanera al bien de los mismos padres. 

          Los esposos han de actuar con responsabilidad humana, sensata, y razonable pensando todas las consecuencias que lleva la decisión de traer más hijos o negarse a ello:

    a) Deben formar un juicio recto que ha de tener en cuenta los bienes que se esperan y las circunstancias materiales y espirituales por las que pasa el matrimonio.

    b) Los esposos han de confiar en la providencia divina ya que son cooperadores con Dios para traer nuevas vidas. Contando también con los medios humanos y divinos, personales y sociales, que los lleven a tomar una decisión de tanta trascendencia.

          Por lo tanto, en la misión de transmitir la vida, los esposos no deben proceder arbitrariamente, sino que deben conformar su conducta a la intención creadora de Dios, manifestada en la misma naturaleza del matrimonio.

      Se trata de una decisión equilibrada. Debe ser tomada con generosidad y espíritu de sacrificio. En el deber de transmitir y educar la vida humana, marido y mujer saben que son cooperadores del amor de Dios Creador.

Los cónyuges, cuya naturaleza humana no les permite tener hijos, no deben considerarse frustrados, pues la comunidad de vida y de amor subsiste. Por eso, aunque falte la descendencia deseada, el matrimonio permanece como intimidad y comunión total de vida, conservando su valor y su indisolubilidad.